Confira todos os textos da edição #318
Nosotros, los cretinos de siempre, por Carlos Villalba
Entre a tela e a tribuna, o racismo segue sendo espetáculo, por Márcio Chagas e Thiana Orth
Histórias de Autógrafos: André Czarnobai em “O sensual adulto”, por Carlos Gerbase
O efeito dito natural, e inesquecível, por Fernando Seffner
Sobre as origens, por Evandro Machado Luciano
Um álbum duplo, por Arthur de Faria
Projeto Gema – Dez anos: Ato III, por Lucas Luz
Cony 100 anos – Uma coisa diferente, por Marina Ruivo
A medida das coisas humanas – Capítulo 8, por Helena Terra
Um tigre em Manoel Viana, por Marco de Menezes
Ode Fálica, de Walmir Ayala
"Todo lo que se tenía que decir, ya se dijo.
Pero como nadie escuchó, hay que volver
a decirlo todo."
André Gide
El martes 23 de marzo de 1976, tenía catorce años y regresaba en colectivo del colegio secundario a mi casa, en Buenos Aires. Al pasar por Plaza Italia, nos detenemos en el semáforo en rojo y alcanzo a leer el titular del periódico La Razón, colgado con unos broches en el kiosko de diarios y revistas: "Es inminente el final. Todo está dicho."
Vale consignar que el golpe cívico militar se consumó al día siguiente, el 24 de marzo de 1976, y que, al solo escribirlo, me genera un escalofrío en todo el cuerpo y rememora los peores recuerdos de los años más largos de mi vida.
El Comandante general del Ejército Jorge Rafael Videla, en la Nochebuena de 1975, rezaba:
“Lucha nuestro ejército, el ejército de la Nación, contra delincuentes apátridas que pretenden, mediante el vil asesinato, quebrar al Estado y ocupar el poder para cambiar el sistema de vida nacional tan caro a los sentimientos profundamente cristianos de nuestro pueblo. La inmoralidad y la corrupción deben ser adecuadamente sancionadas”.
Y luego daba un plazo de tres meses para que el “poder político” resolviera el “desgobierno”.
Un refrán popular dice que “el que avisa no traiciona”. El golpe militar del 24 de marzo de 1976 fue anunciado con mucha anticipación y sin embargo no tuvo una reacción popular ni dirigencial (política, sindical, religiosa). La mayoría de la sociedad miró para otro lado, dejando en manos de los salvajes salvadores de la patria resolver el desorden, la inflación y el quebranto económico.
Campos de concentración, secuestros en plena luz del día, torturas, incluso a embarazadas y bebes recién nacidos, apropiación de sus bienes, miles de desaparecidos (como dijo el asesino Videla, ni vivos, ni muertos: desaparecidos), vuelos de la muerte, y solo las madres con los pañales de sus bebes en sus cabezas, a modo de pañuelos girando como espectros invisibles a todos nosotros, la sociedad, alrededor de la pirámide de la Plaza de Mayo.
La abolición de la república, de los derechos individuales y humanos, censura, listas negras, quemas de libros, intervención militar de todos los organismos públicos, escuelas, colegios, universidades, complicidad de la mayoría de las instituciones religiosas, el silencio y en algunos casos el apoyo de los partidos políticos como por ejemplo el Partido Comunista (claro que por indicación expresa de la Unión Soviética), la oscuridad siempre malintencionada de Kissinger y los Estados Unidos.
Comienza el Proceso de reorganización nacional. El horror.